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Es evidente que las circunstancia de ser una comarca fronteriza incidió especialmente en lo que sucedió en aquellos momentos. Dos o tres días antes del final, salía el que llamaron el último tren con destino a Francia. La mayor parte de personas que habían ocupado cargos de responsabilidad, o que habían destacado por alguna razón, abandonaron el pueblo. Ésta es la razón que hace que la represión posterior a la guerra sea inferior, por lo que se refiere al número, a la de otras comarcas catalanas.
La huída se efectuó también hacia Prats de Molló. Se recuerda la hilera interminable de soldados, refugiados, heridos y gente de la más diversa condición, dirigiéndose hacia el otro lado de la frontera por la carretera de San Juan a Camprodón.  Inmediatamente después de la ocupación se constituyó en el pueblo, por orden de la autoridad militar, una Comisión Gestora, integrada por Eduard Suñer, Ramon Parramon, Josep Vives, Ramon Pla, Eudald Casanova, Francesc Ticó y Josep Orriols.
Estas autoridades nuevas, siempre bajo control militar, fueron las encargadas de instaurar en Ripoll el nuevo orden que representaba el triunfo franquista.
La guerra se había acabado pero, ¿fue así en realidad para todos? Lo cierto es que se iniciaba entonces un nuevo período de represión, esta vez legalizada, sistemática, contra todos aquellos que consideraban vencidos, que configuraban un único conglomerado en el que no era preciso hacer distinciones. Todos eran rojos·.

Si hablamos de los fugitivos, de los que pasaron al otro lado de la frontera los últimos días, el problema principal estriba en saber el número exacto. Un informe sobre la situación del pueblo, llevado a cabo el 18 de febrero, once días después de la ocupación por el sargento Dato, indica que ” al iniciarse el Movimiento, el censo de este pueblo era de unos 7.500 habitantes, calculándose en unos 1000 los huidos por tener cuentas pendientes con la justicia”. Lo que se dice es poco preciso y, de hecho, lo más probable es que una cifra tan elevada incluya, además de los ripolleses que pudieran marchar, algunos de los refugiados que se hallaban en aquellos momentos en el pueblo. Existe otra cuestión con el mismo grado de dificultad sobre este tema: saber los lugares concretos adonde se dirigieron. Evidentemente, la mayoría pasó a Francia, pero no sabemos cuántos acabaron en campos de concentración, por ejemplo, o cuántos siguieron hacia otros países, como Méjico, aunque tengamos constancia, gracias a algunos testimonios, que hubo ripolleses que se decidieron por este último país.
El destino de dichos ripolleses fue dispar. Algunos, los que se quedaron en Francia, tuvieron que padecer las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Al menos tres murieron en un campo de concentración nazi. Se llamaban Ramon Altesa Oró, Lluis Puigcorbé Martí y Antoni Soler Espinat. Los tres pasaron primero por Stalag ” un campo de prisioneros-  i Mauthausen, y murieron en Gusen en el año 1941. Los tres aparecen citados como naturales de Ripoll en el libro de Montserrat Roig sobre los catalanes de los campos nazis.”
Otros ripolleses que cruzaron la frontera al huir participaron activamente en el maquis catalán.

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Al estudiar la historia uno se da cuenta de que hay muchas maneras de explicarla y que a menudo eso responde a una intención que va más allá del episodio que se quiere explicar. A pesar de ser presentada como un relato único y objetivo de los acontecimientos, la historia tiene una función social muy importante. Generalmente es la manera de legitimar y justificar el poder establecido, aunque también pueda servirnos para proponer nuevas formas de vivir.

Los grandes monumentos de la antigüedad, así como sus inscripciones y jeroglíficos, estaban destinados a potenciar la memoria de los faraones o los reyes mayas, persas… Si pasamos bajo el arco de triunfo romano no debemos olvidar que era ésta la manera de celebrar una victoria militar, pero también una manera de recordar, y no sólo a los vencidos, quien mandaba en ese momento así como la fuerza de su poder. Esta función de justificar y glorificar a los gobernantes, así como a los grandes monumentos y a las numerosas estatuas a caballo, también los libros de historia la han ejercido (2).

Es quizás a causa de todo ello que perviva todavía en la actualidad una visión tradicional de la historia según la cual los acontecimientos importantes son los que provocan grandes cambios políticos, y los protagonistas de la historia los grandes personajes: reyes, príncipes y generales y no la gente corriente. El uso del masculino no es gratuito, tampoco las mujeres ven reflejado el protagonismo que tienen realmente en la vida diaria. A pesar de los esfuerzos realizados en los últimos 40 años para estudiar rigurosamente a través de documentos guardados en los archivos cómo era la vida cotidiana de nuestros antepasados (3), todavía no nos sentimos protagonistas o sencillamente actores/actrices de la historia.

Por otra parte, si queremos estudiar seriamente lo que significa el estudio propio de la historia nos encontraremos con lo que denominan historiografía, que no es otra cosa que el estudio de las diversas maneras de explicar la historia a lo largo de los siglos. Todos los historiadores, desde los griegos y romanos hasta la actualidad, han explicado los hechos según su punto de vista que, como dice el refrán, cambia “según el color del cristal con que se mire”. Este cristal a través del cual los historiadores ven y explican la historia puede tener el color de un poder o de otro, y los diferentes puntos de vista reflejan las luchas existentes en cada momento. Por ejemplo, los escritos de Platón (siglo V a.C.) defienden formas de gobierno más aristocráticas frente a la democracia de Atenas; los de Tito Livio (siglo Y a.C.), el gran historiador romano, defienden al emperador Cesar Augusto frente al Senado de la República.

Dentro de nuestra historia contemporánea, a partir de la revolución industrial, encontraremos dos grandes corrientes historiográficas. El historicismo, influenciado por el positivismo de Comte, que glosa las ventajas del nuevo sistema capitalista burgués y plantea la historia como una colección de etapas que llevan de forma casi lineal hacia este fin. Y una segunda que se conoce como el materialismo histórico, que proviene del marxismo de Marx y Engels y que abre una nueva manera de ver y explicar la historia, basándose en nuevos conceptos económicos. Inicialmente ninguna de las dos da el más mínimo protagonismo a la gente corriente: la primera cree que únicamente los hechos “objetivos” son importantes y limita y empobrece el estudio de la historia a unos pocos acontecimientos, mientras que el marxismo inaugura una explicación de los grandes cambios económicos basada en la lucha para mantener el poder por parte de unos pocos sobre la mayoría. La teoría política de la lucha de clases se convierte en una nueva manera de entender y explicar la historia.

Aunque el marxismo entienda que el protagonista de la historia es la nueva clase popular, sobre todo los que trabajan en las nuevas fábricas, ese protagonista consiste en una masa de personas sin nombre, un personaje colectivo que no necesariamente refleja las vivencias de todos y todas los que lo componen. No será hasta los años 60 que los historiadores comiencen a interesarse por la gente corriente, con nombres y apellidos, comenzando a trabajar con métodos procedentes de la antropología como la entrevista, y alternando la investigación en los archivos con la recogida de testimonios orales.

En la actualidad la historia oral tiene una importante aceptación y los testimonios orales de las personas vivas son aceptados como fuente de conocimiento histórico, que debemos contrastar con otros testimonios y sobre todo con fuentes documentales, pero que aporta muchos matices, así como lo que los archivos no pueden dar: el testimonio de cómo la gente corriente vive los acontecimientos. En nuestro país la historia oral llega a través de un hispanista inglés, Ronald Fraser, que entrevistó decenas y decenas de personas en los años setenta para publicar una primera historia oral de la guerra civil española en 1979. Su título original en inglés era muy explícito: “Blood of Spain, The experience of Civil War”; traducido en castellano con otro título que es también toda una declaración de intenciones: “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros”(4).

Si aceptamos que todo relato histórico tiene un punto de partida ideológico (la lente con que miramos la realidad) más allá de la supuesta objetividad de las fuentes de información… aceptaremos también que nuestro testimonio es tan válido como otros y que además… es necesario. Todos y todas, con nuestras emociones y experiencias, somos protagonistas de la historia.

No quisiera terminar sin citar una persona que no es historiador, sino el estanquero de Capellades (Anoia), pero que quiso escribir sus recuerdos sobre la guerra con la ayuda de su nieto. Josep Pons dice al final del su librito auto-editado: “Cada vez que releo lo que he escrito, siento la impotencia de no haber sabido transmitir la intensidad y la emoción con que vivíamos les distintas situaciones”. Su preocupación es fruto, sin duda, de la conciencia de que el valor más grande de su testimonio es justamente este: aportar emociones. Este relato personal lleva por título un poético y evocador mensaje: “Del caliu sempre en surten brases”.

Gaspar Tarrida

(1) Este escrito hecho para al blog “Camí de la frontera”, en agosto de 2008, no pretende ser un ensayo serio sobre historiografía ni metodología de la historia, sino una pequeña reflexión sobre la importancia de los testimonios orales en la recuperación de la memoria. Lo que sí quiere ser es una defensa de la subjetividad de los relatos personales y de su validez en la construcción colectiva de la memoria del siglo XX, una invitación a que seamos protagonistas de nuestra historia.

(2) Josep Fontana, toda una referencia viva entre los historiadores catalanes, ha reflexionado largamente sobre historiografía y la metodología en historia. Lo hallareis en:
FONTANA, Josep (1982) Historia: analisis del pasado y proyecto social, Barcelona, Crítica.
FONTANA, Josep (1996) La historia despues del fin de la historia, Barcelona, Crítica.

(3) Dos buenos ejemplos conocidos son los estudios de  E.P. Thompson sobre la crisis de la sociedad preindustrial y de que manera la industrialización afectó la vida cotidiana de la gente en la Inglaterra del siglo XVIII; y el ensayo histórico de Carlo Ginzburg “El queso y los gusanos” donde dicho profesor italiano reconstruye la vida y los pensamientos de un molinero anónimo del siglo XVI a través de los expedientes del juicio de la Santa Inquisición que le condenó a morir a la hoguera.
THOMPSON, E.P (1996) Tradición, revuelta y consciencia de clase, Barcelona, Crítica.
GINZBURG, Carlo (1996) El queso y los gusanos, Barcelona, Muchnik.

(4) FRASER, Ronald (2001) Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española. Barcelona, Crítica.

DECÁLOGO DE CAMÍ

1 –     Alentar la ejercitación de la memoria colectiva

2 –      Rescatar del olvido la década de los años 30

3 –     Rendir homenaje a los republicanos que cruzaron Coll d’Ares en enero del 39

4 –     Utilizar el arte como acicate, como medio de recuperación de la memoria histórica

5 –    Crear un blog para que la experiencia sobreviva en la red

6 –     Facilitar un recurso pedagógico para todas las comunidades educativas interesadas

7 –     Apoyar el “Camino de la Libertad” que cada verano lleva a cabo Progreso Marín

8 –    Colaborar en la cohesión del territorio implicando 5 pueblos de la comarca en la experiencia

9 –     Potenciar las relaciones con la otra vertiente de los Pirineos

10-       Cultivar la duda y la mirada plural como herramientas culturales insoslayables

Los Pirineos siempre han sido un lugar desconocido para todos los que se han visto obligados a cruzarlos. Paulino de Nola, un romano de rica familia, dijo que eran unos parajes incultos y que ignoraban toda ley. Esta visión no hace sino reflejar un conocimiento alimentado por tradiciones orales y leyendas fantásticas de la gente que no los conoce, como el dragón que el año 1285 mató Pere II cuando subía el Canigó, o la famosa Brecha de Roldán, en Ordesa, abierta por el caballero carolingio mientras huía de los sarracenos, cuando al encontrarse cerrado por una enorme pared decidió abrirse paso con su espada, dando lugar a uno de los parajes más espectaculares de los Pirineos.
Queda claro que cruzar los Pirineos siempre es un reto. Incluso en la actualidad, cuando mucha gente los atraviesa por placer, no deja de ser un reto hacer el GR-11, conocer algunos refugios de montaña, escalar cimas, etc. Sin embargo, a lo largo de la historia, este reto ha sido muy variado y por lo tanto ha ido generando un cúmulo de sentimientos y sensaciones diferentes cada vez. En la huída de 1939 los sentimientos eran de desesperación, pero también de esperanza para llegar a Francia; desencanto por la incertidumbre inmediata, pero confianza en un retorno inmediato a casa; deseo de reencontrar por fin la tranquilidad, pero también miedo, intuyendo el estallido inminente de la II Guerra Mundial.
Ahora, desde el 2008, mirándolo con perspectiva y viendo toda la gente que a lo largo de la historia no ha dejado de cruzar los Pirineos, vienen ganas de rememorar y intuir cuales deberían ser los sentimientos y sensaciones de miles y miles de personas que, por circunstancias muy diversas, nunca han dejado de atravesarlos. A menudo se hace la siguiente reflexión: ¿Qué pensarían al ver por primera vez la pirámide del Costabona? O, ¿qué sensación despertaría la imagen soberbia del Canigó? Para la mayoría, estas montañas eran imágenes pasajeras, compañeras temporales de un largo camino, y nada más. Pero, con toda seguridad, dejarían un recuerdo y algún tipo de sensación: dureza del camino, inmensidad, curiosidad o belleza. Muchas veces inspirarían miedo y su visión iría acompañada de leyendas de dragones, brujas o gigantes. Vete a saber! Sin embargo, únicamente lo sabe quien lo vivió y, al no quedar escrito en los libros de historia que se ocupan de coses más “gloriosas”, nunca lo  podremos saber. Pero podemos intentar imaginar lo que pudieran pensar.
A la hora de cruzar los Pirineos siempre hay un leit motif principal. A veces son cruzados por ejércitos en campaña y entonces se convierten en un reto técnico, es decir, una barrera incómoda que hay que atravesar lo más rápido posible. Aquí recordamos a Aníbal, caudillo cartaginés que durante la segunda guerra púnica intentó sorprender a los romanos atacándolos por el Norte de Italia desde Hispania. Su proyecto era atrevido, puesto que era preciso atravesar dos grandes ríos (Ebro y Ródano) y dos grandes cordilleras (Pirineos y Alpes). Dirigía un poderoso ejército temido por sus elefantes y quizás -aunque sea poco probable- pasara por Coll d’Ares. Seguramente las preocupaciones de Aníbal y sus soldados serían conseguir alimento para los elefantes y caballos, velar para que ninguna tribu ibérica les atacara por sorpresa y cerciorarse del rincón donde pasarían la noche. Las emociones del general cartaginés, en aquel momento muy joven, estarían llenas de deseos de gloria y fama así como de ganas de venganza contra una Roma que odiaba profundamente.
Más adelante, cuando el Imperio Romano estaba en decadencia, los bárbaros comenzaron a atacar. Hispania era considerada una tierra muy rica y, desde el norte, muchas tribus como los alanos intentaron llegar, pero antes era preciso atravesar unos Pirineos que para ellos eran una empresa más fácil, teniendo en cuenta que los romanos habían construido muchas vías por todo el Imperio. En el Coll d’Ares, por ejemplo, existía la vía del Vallespir. Para estos guerreros del norte, los Pirineos eran una puerta a una tierra que deseaban saquear. Un sentimiento de emoción lleno de ganas de llegar inundaba sin duda el corazón de aquellos guerreros.
Otras veces el paso de los Pirineos se volvió silencioso, pacífico y muy discreto. Era preciso pasar desapercibido e ir con rapidez porque la vida estaba en juego. Se trataba de pequeños grupos, quizás familias con un carro y un poco de ganado. Nos vienen a la memoria los cátaros, expulsados de Occitania por Simón de Monfort en el siglo XIII y que hallaron refugio en tierras catalanas. Se les conocía  como los “bons hommes” y en la actualidad una ruta rememora su paso por los Pirineos. Para los occitanos, entenderse con los catalanes era cosa fácil y pudieron comprobarlo por todo el Principado sin problemas. Los Pirineos debieron ser un reto lleno de emociones contrapuestas: a una subida llena de tensión y al miedo a ser descubiertos, se opondría una bajada alegre y a la vez llena de incertidumbre. Para ellos los Pirineos se convertirían en un recuerdo positivo y su paso toda la vida lo recordarían idealizado.
En otros momentos del pasado atravesar los Pirineos se convertía en una obligación. Personas llenas de una fe ciega creían que era su deber cruzarlos e ir al otro lado a difundir sus ideas para combatir a los sarracenos. Estamos en el siglo XIV, época de cruzadas, y nos vienen a la memoria los “pastoreéis”, miles de hombres y mujeres gascones que en 1320 decidieron cruzar los Pirineos para ir a ayudar al rey Jaume II contra el reino nasarita de Granada. Les crónicas explican que avanzaban en grupo, precedidos de estandartes con la cruz y que entraban en los pueblos procesionalmente, de dos en dos y en  silencio. Eran revolucionarios y pretendían robar a los ricos para redistribuir la riqueza. Para ellos, los Pirineos eran un lugar de paso cargado de emociones, ya que eran el acceso a la realización de un objetivo que les reconciliaría con Dios, creían, y les garantizaría la vida eterna.
Otras veces los Pirineos eran atravesados por necesidades económicas. Había hambre y era preciso ir a buscar nuevas tierras donde establecerse. Pensamos entonces en los que en aquel momento eran conocidos como los “gavatxos”, franceses que a lo largo de los siglos XVI y XVII llegaron poco a poco en Cataluña de manera constante y silenciosa. A veces venían como miembros de las bandas de bandoleros como la de Serrallonga, pero la mayoría de les veces lo hacían pacíficamente: iban a los pueblos y montaban un taller u ocupaban masías abandonadas. Muchos de ello se casaron poco después con gente del país y en poco tiempo quedaron perfectamente integrados. Para ellos los Pirineos eran la visión de una línea tras la cual se abría una tierra llena de posibilidades. Cruzarlos no era ningún drama, era abrir una puerta a la esperanza y a un futuro mejor.
Llegamos finalmente al siglo XX, cuando al final de la guerra civil los Pirineos fueron cruzados por miles y miles de personas que huían de las tropas franquistas. Se trataba de miles y miles de historias individuales y colectivas, motivadas cada una por una razón diferente, pero que los historiadores del presente y del futuro tendemos y tenderemos a simplificar hablando de cuestiones económicas, sociales, políticas, etc. Sin embargo, esto ahora puede cambiar un poco, porque ahora conocemos muchas de estas historias. Esperamos y deseamos por tanto que en el recuerdo futuro de este paso de los Pirineos perdure el mayor número posible de vivencias y sensaciones que se produjeron en el Camino hacia Francia.
En resumen, cruzar los Pirineos siempre ha sido un reto y una esperanza. Y cuando uno hace cosas coses alejadas de la rutina habitual, uno se siente invadido por un rico y variado cúmulo de sensaciones, que más adelante serán la base sobre la que se construirá el recuerdo. Esperemos que nunca nadie pueda silenciar las bocas de todos aquellos que, por el motivo que sea, se vean obligados a de atravesar los Pirineos.
Francesc Navarro Coma

Testimonio de Mª Teresa Menéndez Cuina

A la memoria de mi abuela Teresa

Recuerdo como si fuera ayer el día de enero de 1939 cuando, con mi madre, la abuela paterna y mis dos hermanitos, hice el camino que va de Ripoll hasta Prats de Molló y crucé la frontera. Mi padre desde el hospital de Barcelona donde estaba ingresado había escrito una carta a la abuela diciéndole que si los nacionales entraban en Barcelona, hiciésemos el hatillo y nos fuéramos a Francia y que, sobre todo, no nos preocupáramos, que nos vendrían a buscar. Yo estaba a punto de cumplir diez años, de hecho los celebraba el primer día de febrero y no me extrañó que días después nos dijeran que arreglásemos lo que nos queríamos llevar, que un camión nos vendría a buscar. Qué agitación supuso la noticia, parecida al día en que la abuela Teresa llegó del centro, donde había ido a comprar, toda alterada porque, según le habían dicho, había estallado la guerra. Madre mía, todos estaban nerviosos, todo eran entradas, salidas… Las cosas fueron distintas a partir de aquel momento, ya que hasta entonces había habido mucha tranquilidad en casa y a partir de ese día todo cambió.
Nos dijeron que un camión nos pasaría a buscar. Todos llevábamos un paquete. Yo llevaba la maleta de ir a la escuela, no sé lo que contenía. Llegó el camión. Es como si todavía lo viera, uno de aquellos camiones que llevaban velas. Hacía mucho frío. Nos paramos en la plaza del Corral para cargar más mujeres y niños. Sólo mujeres y niños, los hombres estaban todos en el frente. Mi padre fue uno de los últimos que llamaron. Tenía tres hijos y podría haberse quedado en casa, pero dijo: No, si hay que ir y me toca, iré. Sin embargo, muy pronto le hirieron.
En Camprodon subieron dos mujeres más con un chico y cogimos la carretera de Molló, poco a poco, pues había nevado y el suelo estaba helado. Llegamos a Molló donde había mucha gente que esperaba. Un hombre nos dijo que entrásemos en la iglesia para no tener frío. Pasamos allí la noche. Sobre el suelo había un montón de paja… Yo me sentía extraña en medio de tanta gente que no conocía. Pero los habitantes de Molló se portaron bien, nos trajeron comida, nos acogieron.
Recuerdo cuando llegaron a Ripoll los internacionales, que acompañaban a la gente que reculaba y les buscaba cobijo. En casa acogimos dos, uno era muy alto, un gigante, que casi no pasaba por las puertas. Se quedó un mes y después marchó hacia Francia. Los internacionales pagaban una comida a los críos de la escuela en la Casa Cuna, donde unas monjas cuidaban a los pobres. Contrataron a mi madre y a otra mujer como cocineras y hacían el almuerzo para todos aquellos chiquillos que llenaban una sala muy grande, una especie de teatro. A mí, muchos cosas no me gustaban. Cuando había lentejas, no las tocaba, tenía la manía de que contenían gusanos. Nos daban también un trozo de pan, un par de galletas, fruta. El día que había patatas si que me las comía, una cazuela de patatas con carne enlatada.
Había un matrimonio bastante mayor que había perdido un hijo en la guerra y que se lo pasaba muy mal. Mi madre hacía un paquete, con garbanzos, alubias o lo que fuera, y yo lo llevaba a su casa al anochecer. Tenía tanto miedo que a veces todavía me pregunto como lo hacía. En las calles sólo había una bombilla colgando y nada más. Mi madre me acompañaba por la Font Viva y cuando llegábamos al puente de Olot me decía: Va, ahora ya puedes ir sola, aquí ya hay gente.
En Molló todos se levantaron temprano, todo el mundo se equipó, cada uno se cubría tanto como podía. Había quien iba con alpargatas, pero nosotros llevábamos zapatos. Y empezamos a subir hacia Coll d’Ares, pues todavía quedaba un buen trecho hasta la frontera. A pie, montes arriba, siguiendo lo que no era una carretera precisamente, sino un camino. Hasta que no llegamos arriba, cuánto caminamos. En la cima había dos guardias y nos mandaron parar. Todo el mundo quería continuar. No querían dejar pasar a nadie pues esperaban el permiso de los de abajo. Todos se quejaban porque en invierno el día se hace corto. Se estaba haciendo de noche. Nosotros estábamos casi al frente y no sé si fue la abuela o una de las mujeres de Camprodón quien dijo: Ya estamos hartos de esperar tanto. Va, bajemos!. La gente se lanzó ladera abajo y cuando estábamos quizás a medio camino de la bajada, vimos subir otros dos guardias con el permiso.  Una vez en el valle, nos hicieron ir a las escuelas. Había una sala muy larga con una mesa en medio llena de tazones y platos, y unas mujeres servían leche con café o chocolate, bien caliente, porque hacía mucho frío. Suerte que la abuela me había puesto dos pares de calcetines. También daban zapatos a todos los que iban mal calzados. Después nos vacunaron a todos. La abuela nos dijo: ¡Vosotros ya las lleváis todas, pero si se empeñan, que os las pongan!. La abuela era muy espabilada, llevaba algodón, agua oxigenada, y cuando nos hubieron vacunado, nos frotó a fondo y sacó lo que nos había puesto, ¡No os hará reacción, no, no lo quiero!.
Después nos hicieron ir hacia la estación, bien cargados de paquetes. Había un tren que era muy largo, yo no veía el final. Nosotros teníamos parientes en Perpiñán  y la abuela tenia la idea de que cuando estaríamos en Francia iríamos sin demora a casa de los primos. Nos hicieron subir a los vagones y los de Ripoll íbamos todos juntos. Alguien dijo: ¡Al primer vagón, al primero, así llegaremos antes!. Pero nadie pensó que desengancharían un vagón en cada estación, y así nos adentramos en el Gard, más arriba de Nimes. No estaba mal, pero no fue lo mismo. Allí nos esperaban las autoridades y trasladaron a nuestro grupo a una fabrica de seda, ya cerrada, y nos alojaron en un edificio donde habían vivido los encargados, los escribientes. Unos pisos grandes, con chimenea, uno para cada grupo, con tres o cuatro habitaciones y una cocina grandiosa. Bien, en aquel pueblo, Bezèges, estuvimos bien. Tengo un recuerdo de la gente: era muy amable, nos daban de todo, colchones, sábanas, camisas. El ayuntamiento llegó a hacer una recogida de ropa para los refugiados.
Una niña de la calle donde estábamos salía al balcón y nos hacía señales para que nos acercáramos y nos bajaba caramelos y chocolate. Todos éramos críos. Jo acababa de cumplir diez años, pero mentalmente era mucho mayor. Nos hicieron ir a la escuela. Todo en francés, y nosotros nos reíamos. Había una maestra, una mujer mayor que llevaba un sombrero con muchas flores y calcetines blancos, y nosotros lo encontrábamos raro. Con los números todo era más fácil, pero con la escritura no había nada que hacer.
Cuando oía ruido yo me ponía a temblar, me figuraba que todo se venía abajo. Siempre he sido muy dormilona pero, durante muchos años, sólo con oír un poco de ruido saltaba de la cama. Todo era debido a los bombardeos. Cuando venían a bombardear, siempre lo hacían al mediodía. Cuando oía la sirena yo no sabia donde meterme. Siempre sucedía durante el almuerzo de mis hermanos. Y la abuela que decía: !Ay, niña, vete a buscar a los críos¡. Veías bajar las bombas que parecían de plata. Suerte que tenían mala puntería, en caso contrario habrían causado muchos destrozos en Ripoll.
Un día la abuela Teresa había ido a los lavaderos del Raval. Mi madre, antes de ir a trabajar, me había dicho que le llevara un cubo. Cuando llegó la hora le dije a mi hermano que me acompañara. Aquel día los aviones llegaron más pronto. Cuando tocaron las sirenas, lancé el cubo por los aires y me puse a correr. Al final del paseo había una garita, la de los carabineros. Había cuatro o cinco. Al vernos nos cogieron y nos pusieron dentro de unos tubos gigantes para el agua, cerca de Cal Teyu. Al salir, fui a buscar el cubo y lo encontré plano como la mano.
La abuela dijo: !Esto no puede ser, a esta niña le toca cada vez, acabará loca. Esto se acabó. Los críos almorzaran en casa o cogeremos la comida e iremos al Puig o al Mir¡. Allí hacía mucho sol y nos quedábamos acurrucados mientras repetía: !Aquí quizás no nos tocarán, y no tendrás  que correr¡. Y nos quedábamos allí hasta que todo había pasado. A veces duraba casi media hora. Los aviones iban dando vueltas, se decía que querían destruir el puente del tren, pero no atinaron y, finalmente, fue la riada de año 40 la que se lo llevó.
El gobierno del exilio cada mes nos daba dinero. A nosotros no nos iba mal. La abuela representaba una familia, ella sola. La otra familia la formábamos mi madre y nosotros tres. Teníamos bastante. Del padre no sabíamos nada. Ni si seguía vivo o había muerto. Cuando a los médicos les pareció que podían darle el alta, en lugar de mandarlo a casa, lo llevaron a Teruel, a un camp de trabajadores. Allí estuvo dos años.
Cuando estalló la guerra mundial, cogían a los críos y se los llevaban a Rusia o a Méjico. La abuela Teresa le dijo a mi madre: Hemos salido del fuego para caer en les brasas. Lo mejor sería que cogiera a los críos y volviera a casa!. Entonces nos llegó la noticia de que al hermano de mi madre lo habían matado en la reculada. Nunca nadie nos ha aclarado nada. En el ayuntamiento todavía no consta en la lista de difuntos de la guerra. Otro golpe. Así pues, después de un año y medio en Francia, llegamos en tren a Barcelona y después un autocar de la Teisa nos condujo a Ripoll.
En el pueblo todo había cambiado. Un día nos encontramos con el marido de aquella mujer a quien yo llevaba paquetes. Siempre nos habíamos hablado. Al acercarnos aquel hombre dijo: Lo siento pero prefiero que no me hable. Las cosas han cambiado mucho aquí. Y no quisiera que pasase nada. La abuela regresó blanca como un papel. Es en este tipo de situaciones cuando conoces a la gente. Y eso que tuvimos suerte puesto que pocas personas nos dieron la espalda.
La abuela pudo ver el retorno de su hijo antes de morir, quince días después. Los jueves por la tarde en la Mutua, donde íbamos a la escuela, nos sacaban a pasear y yo había olvidado los jerseys de mis hermanos. La maestra me dijo que fuera a buscarlos a casa. Cuando subía las escaleras una vecina me dijo que había llegado un soldado. Mi padre no nos había dicho que llegara. Al oír hablar a aquella chica, salió y me quiso coger. Yo corrí escaleras bajo porque me asustó, era un esqueleto. El recuerdo que jo conservaba de mi padre era el de un hombre muy guapo, pero al verle así, barbudo, con el pelo blanco, casi sin dientes, tan seco… Entonces me gritó: ¡Niña, ¿acaso no me conoces?! Lo reconocí por la voz. Subí las escaleras y, pobre hombre, me abrazó… Y quince días después, moría la abuela Teresa. Recuerdo que estábamos en la cocina desgranando guisantes, mi padre y yo, y llegó un hombre preguntando por la abuela. Cuando entraron en su habitación, ya había muerto. Debía estar tan cansada… Había resistido hasta la llegada de su hijo y ahora ya podía morir tranquila.
Su muerte, sin embargo, había comenzado mucho antes. Recuerdo el día que volvimos a casa. La alegría del retorno. Durante nuestra ausencia, la propietaria de la casa la había realquilado a otra mujer, que nos lo hizo saber cuando pretendíamos entrar. Yo tenía una muñeca vestida de gitana y la vi sobre la cama. La cogí. Era mi muñeca. Aquella mujer me dijo que no tocara nada. Entonces vi a la abuela, apoyada contra la pared y como, poco a poco, se desmoronaba hasta quedar sentada en el suelo. Ese día, la abuela empezó a morir.

Testimonio transcrito por Ramon Alabau

SIGLO XV: La expulsión de los judíos. Entre 90 y 170 000 personas de una población de unos 5 millones. Aproximadamente un  2,6 por ciento del total de la población.
SIGLO XVI: La expulsión de los moriscos. Unos 325 mil sobre una población de unos 8 millones y medio. Aproximadamente un  3,8 por ciento de la población.
SIGLO XX: El año 1939 el éxodo republicano se llevó unas 440 mil personas de una población de cerca de 24 millones. Esto representaba un 1,8 por ciento de la población. Ahora bien, si le sumamos  unas 650 mil víctimas y unos 300 mil prisioneros, con unos 400 ejecutados durante la represión que duró hasta el 45, el porcentaje de la pérdida se eleva a un  7,45 por ciento. Porcentaje muy superior a la suma de los otros dos éxodos masivos, lo que supone hablar de una de las pérdidas más grandes de nuestra historia, muy superior a cualquier otra sufrida en una de las muchas guerras fratricidas a las que estamos tan aficionados.

Damián Pérez Blanca, nacido en Torredonjimeno (Jaén) en 1910, así se llamaba mi padre que murió hace poco en Vic (Barcelona) a los 94 años. Hasta el último momento, vivió con la ilusión de que algún día le reconocieran los derechos y méritos negados a los militares de la II República nombrados en plena Guerra Civil. Fue suboficial, formado urgentemente en las academias militares que el Ministerio de la Guerra de la II República se vio obligado a improvisar, para restablecer las vacantes de los oficiales y suboficiales que desertaban. En aquellos momentos tan difíciles para el ejército republicano, su motivación para ingresar en la academia militar no era otro que la pura supervivencia. Simplemente, quería ganar más dinero para poderlo enviar a su madre, puesto que sabia que en el pueblo se pasaba mucha hambre. No estoy seguro, pero creo recordar que explicaba que, si un soldado cobraba un duro al mes, un suboficial cobraba tres, y que además recibía ropa mejor y mejor rancho.

Cuando llegó la democracia, todos los militares de la II República que todavía quedaban vivos, ingresaron de nuevo en el ejército español y se les adjudicó una pensión de jubilación. Pero no todo recibieron la misma consideración. Hicieron diferencias entre los militares de antes de la guerra (los considerados profesionales) y los que fueron nombrados en plena guerra. A los primeros se les subió tres o más peldaños dentro de la escala de rango, tal como hizo Franco con sus militares al acabar la guerra, y evidentemente percibieron todos los atrasos desde el año 1939. Los segundos, los considerados no profesionales, tuvieron que conformarse con el rango que tenían durante la guerra y no percibieron atrasos. Mi padre consideró siempre esta diferenciación una injusticia. ¿Acaso el gobierno de la República no era el legítimo durante la guerra? ¿Acaso Franco distinguió entre unos y otros a la hora de fusilar y condenar a prisión? Sinceramente, deberían haber sido más generosos con los que se presentaron voluntarios para ser oficiales de un ejército que defendía la legalidad, aunque ya se intuyera quién sería el perdedor.

Al acabar la guerra, volvió al pueblo, supo que dos hermanos suyos se habían exiliado a Francia. Pasó dos años encarcelado en el campo de concentración de La Higuera (Jaén), y posteriormente fue condenado a 35 años de prisión en el Penal de Jaén (y satisfecho, puesto que en aquel momento era la pena mínima que te podía tocar), aunque afortunadamente sólo cumplió dos. Poco después de salir libre se casó con Julia Cámara Ureña, vivieron en el pueblo y tuvieron cuatro hijos. Pero la pobreza de la posguerra les obligó a buscar un nuevo lugar donde poder vivir mejor. Por esta razón emigraron a Cataluña, a Vic. Y más tarde tuvieron dos hijos más, siendo yo el más pequeño.

Durante la dictadura de Franco, mis padres nunca se atrevieron a hablar de la guerra, había mucho miedo. Las condiciones de vida fueron muy duras, la inmigración no fue nada fácil. En aquellos momentos yo era un crío, pero ya desde muy pequeño siempre me intrigó saber ¿Adonde se habían ido los rojos? Para mí era muy extraño, se hablaba de ellos, pero no había ninguno en ningún sitio. Supuse que debería haber pasado lo que a las tribus de indios de Norteamérica: los pocos que habían quedado, se habían escondido en las montañas. Fue más tarde, al llegar la democracia, que padres comenzaron a hablar.  Y a partir de ese momento, cada día salía el tema de la guerra. Para ellos fue como una liberación, sentían que tenían la obligación de explicar lo que había pasado. No para pedir o exigir nada, sin o para que se supiera la verdad de la vida tan cruel que les había tocado vivir y de la injusticia de la situación. Desde entonces, mi padre siempre repetía con seriedad “No, Franco no fue un fascista, Franco fue un criminal”. No obstante, fue triste constatar, que incluso en democracia, todavía persistía mucho miedo en hablar públicamente de la guerra, de la posguerra y de la dictadura franquista.

Una de las historias que siempre explicaba mi padre, era que en la guerra volvió a nacer. Eso pasó durante el verano del 1938 en Burriana (Castellón), pueblo famoso por sus naranjales. Se hallaba en el frente, luchando contra el ejército franquista, ubicado en Villarreal, al otro lado del río. En aquel momento ya era suboficial en la brigada 203, batallón 812, 2ª compañía, bajo las órdenes del comandante Francisco Gallego del ejército de la II República. Un día del mes de julio la metralla le hirió en una pierna y le evacuaron al hospital La Pasionària de València. Estuvo allí unos meses, y cuando fue dado de alta, y para que recuperara la movilidad, fue destinado a la retaguardia en un centro disciplinario cerca de Líria (Valencia), donde estaban encarcelados militares franquistas y muchos “señoritos”. En aquel lugar le alcanzó el final de la guerra, y como el ejército franquista no llegó hasta allí, se deshizo de uniforme y regresó como pudo a Torredonjimeno.

El azar es sorprendente. Poco después de acabada la guerra, cumpliendo trabajos de castigo bajo control de las autoridades municipales por si llegaban denuncias a su nombre, un día por la mañana fue a la estación del tren puesto que se decía que llegaría un tren con naranjas (¡precisamente naranjas!). Pero cual fue su sorpresa al descubrir que en el tren, además de las naranjas, llegaba alguien más. Mientras hacía cola en el andén con la cartilla de racionamiento para conseguir unas pocas, vio bajar del tren a uno de los soldados que había tenido a sus órdenes en Burriana. Pero claro, esta vez como soldado del ejército franquista. Intentó esconderse, pues en el pueblo se sabía que había luchado en el bando republicano, pero no que hubiera llegado a ser suboficial. Una cosa era ser soldado raso, y por lo tanto podías alegar que no sabías bien lo que hacías en la guerra o que te habían obligado a ir, y otra muy distinta ser suboficial. Este hecho podía complicarle mucho las coses, pero no pudo escapar. El soldado José Bachero García (nombre que recordaba mi padre, pero que no sé si es correcto o no) le vio y echó a correr hacia él. Percibiendo su temor, le tranquilizó y lo condujo hacia un lugar alejado de la gente. Le dijo que no tuviera miedo, que para él había sido una buena persona y había sido un buen oficial, así que no le denunciaría. Y fue allí, y en aquel momento, cuando le explicó la suerte que tuvo el día que fue herido. La tarde de ese mismo día, toda la compañía cayó prisionera en una emboscada del ejército franquista. Los oficiales se sacaron precipitadamente los galones del uniforme para esconderlos bajo tierra y no ser identificados. Sabían muy bien como actuaban los militares franquistas y se temían lo peor.  Y así fue, tal como hacía siempre el ejército franquista cuando cogía prisioneros, primero ofrecía perdón a todos aquellos que declarasen haber estado obligados a luchar en el ejército republicano, y al que lo hacía se le invitaba a ingresar en el suyo. Después, ya como soldados de Franco, se les obligaba a identificar a todos los del ejército republicano que tuvieran rango de suboficial como mínimo (y sin distinción entre profesionales o no!!!). Aquel soldado le explicó que todos los oficiales fueron conducidos a un campo de naranjos que quedaba detrás de una colina, y que nunca más se les volvió a ver. Esa noche nadie pudo dormir, les ametralladoras  no dejaron de disparar hasta el alba, todos fueron fusilados. ¿Fue justo dicho castigo? ¿Alguien sabe cuantas personas murieron y donde fueron enterradas? El destino hizo que ese día, en aquel tren de naranjas, llegara algo más, la fuerza del recuerdo de todos los que fueron fusilados injustamente por defender la libertad y la democracia.

Ahora entiendo que mi padre insistiera siempre en parar entre Burriana y Villarreal cuando íbamos de vacaciones de verano a Andalucía. Y que se pasara horas en medio de los naranjos mirando al suelo como si esperara hallar algo. El no explicó esta historia a nadie más que a su familia, pero siempre he pensado que debía hacerse pública, algún día tal vez podría ser útil a alguien.

¿Por qué los que perdieron la guerra todavía tienen miedo de hablar públicamente de lo que sucedió? ¿Por qué la democracia española tarda tanto en arreglar lo que queda pendiente? ¿Qué pasó con el dinero del Banco de la República requisado sin acuse de recibo a las personas del bando vencido? ¿Por qué todavía no se quiere considerar a los militares nombrados en plena guerra militares de pleno derecho? ¿Por qué no se debe indemnizar y restituir dignamente la memoria de todos los que fueron asesinados, torturados y encarcelados durante la guerra y la posguerra? ¿Cuándo se reconocerá seriamente el sufrimiento de los exiliados? ¿Por qué las administraciones públicas no se han preocupado en crear un archivo donde recopilar los testimonios directos de las personas que vivieron la guerra? ¿Cuánto tiempo durará el silencio de la iglesia católica? ¿Hasta cuando deberemos aguardar un Museo de la Guerra Civil Española? Y, ¿por qué después de 69 años de haber acabado aquella guerra tan injusta, continúan vigentes tantos por qué?

Juli Pérez.